Remate de cabeza

Algunos historiadores del arte firman el certificado de defunción del cine con el estreno de Tiburón (1975). En un segundo intento, Spielberg demostró que el milagro de los panes y los peces era posible y aquella industria cinematográfica, de nuevos ejecutivos, insistió en repetir la fórmula de blockbusters como churros, con los mismos esquemas e idiotizando poco a poco al espectador. Antes, con la película del camión, Spielberg se había quedado un poco corto, había un elemento que catalizaba demasiado la trama. Pretenciosamente o no, la maldad no tenía sentido.

Para mí, Tiburón es una cinta con un conflicto muy actual. El villano no es ese poco vistoso pez de camelo. El villano es el turismo masivo, las caras del villano son los poderes de facto de Amity, el pueblo costero que sufre los efectos de los ataques. Ellos están dispuestos a ignorar el peligro con tal de salvar la temporada de verano. El desmadre llega al nivel de promover una pesca y culpar a un tiburón fake. El monstruo no es el toro, que decían en Sangre y arena, está en los asientos y tiene mil cabezas.

Evidentemente, productores de todo el mundo se pusieron las pilas para promover nuevos “tiburones”. Mejor o peor realizados, el mimetismo continúa hasta la actualidad, con todo tipo de bichos o amenazas.

Siguiendo ese esquema académicamente y en el contexto del fútbol de provincias francés de los setenta, Jean Jacques Annoud filma El cabezazo (1978). Una pequeña ciudad afronta de cara y con mucha pasión, con su equipo local de fútbol, unas eliminatorias de copa que la pueden colocar en el mapa. Una especie de Amity, donde los poderes de facto están muy vinculados al equipo. Destacan dos jugadores: la estrella y el anarquista. La estrella comete una violación y hay un retruécano conspiratorio para culpar al anarquista en su lugar. El anarquista sufre todas esas injusticias y acaba en el talego. Pero, circunstancias de la vida, la estrella se lesiona y los poderes de facto conspiran de nuevo para sacar al anarquista con un permiso. El anarquista juega la ida de la supereliminatoria y le sale el partido de su vida. Así, el tiburón fake se convierte en el tiburón depredador. Aunque el ritmo del partido es algo cansino al principio, el anarquista se hace con la situación en un par de intensas escenas. Así, entre partido y partido, la pequeña ciudad queda a expensas de su nuevo héroe, quien, sediento de venganza, se pasea como el tiburón por la bahía de Amity, sabiendo que toda aquella gente le perdonará cualquier ofensa hasta, por lo menos, el partido de vuelta. Porque todos tienen mucho que callar y mucho que perder. Y ese es el momento: el anarquista, Patrick Dewaere, con su pelo alborotado, una parca militar, una ceñida camiseta de manga corta, unos vaqueros Lois y unas converse Chuck Taylor, un look válido para el próximo Primavera Sound, camina ligero por la decadente ciudad, enfrentado a la falsedad, deambulando como un macarra.

Soy muy fan del cine francés de los setenta. Y no soy el único, películas actuales como La próxima vez apuntaré al corazón o La conexión Marsella, ambientadas con gran fidelidad, demuestran que hay más como yo. Las mujeres, los hombres, los coches, los valores… La crisis. En los setenta los franceses sabían cómo hacerlo. Una vez superada la Nouvelle Vague y a algunos de sus falsos gurús, un cine lleno de aristas con poses poco existencialistas e historias crudas inundó las salas con nuevas caras.

Patrick Dewaere fue una de esas caras. Actor desde niño, curtido en el teatro, Patrick era mimado por la cámara, absorta en su desenfado y su media sonrisa de yonki. Junto a Depardieu, actuó en películas reflejo de una época. Especializado en personajes complejos, trató de pintarlos con todos sus demonios. Un verano, tras la injusta derrota de aquel mítico equipo de Francia en el Mundial 82, Patrick, con 35 años, se pegó un tiro y acabó con todo.

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