La balada de Chimo Bayo

Admitamos que la fórmula del ítalo disco se estaba agotando y que se negaba a alejarse de la canción convencional. Admitamos que el sonido de Manchester fue el motor del nuevo tecno. Todo aquello del acid house y la recuperación de los viejos maestros de los setenta…

Las noches eran largas y una pléyade de inmortales con pastillas y coches de colores peregrinaban de una ermita a otra de la Comunidad Valenciana para escuchar lo que pinchaban los nuevos cardenales.

Uno de los icónicos, Chimo Bayo, ha renacido en redes, emitiendo música e imágenes de ahora y de siempre. Cercano, humilde y divertido, lleva con emociones contradictorias la cruz de haber diseñado un himno generacional, serotoninérgico y definitorio de una época irrepetible.

De hecho, el otro día subió a redes una foto actual de una discoteca llena, cinco de la mañana, Ibiza, empieza a sonar la traca y pregunta… ¿Lo viviste?

Claro que lo viví, güey, ese mismo verano del 91. Lo viví y me desviví en la mítica Kássim, reclamando espacio vital a hostias, sincronizando mis latidos con la percusión artificial de esa canción que parecía que sería solo para ese verano.

Lo primero que puedo decir de la canción es que el título no está claro. La canción del éxtasis, esta, si esta no, la del bakalao o, directamente, “Chimo Bayo”. El título oficial es “Así me gusta a mí” y es una declaración de principios en forma de viaje lisérgico de seis acelerados minutos en sol mayor.

El tema principal es cristalino. Veréis, en aquellas catedrales del bakalao era imposible comunicarse con la gente. Podías hablar en el parking o en el baño, pero en la pista era imposible, ahí gritando a la gente en la oreja, esputando, el aliento, no era buena estrategia. En la pista se bailaba, se daba todo, se mostraban avances danzarines que aún destellan en cincuentones perdidos en la barra libre de alguna boda.

Había una comunicación física en la pista. “Así me gusta a mí” es una oda al éxtasis, si vas de eso fluye una socialización de otra manera, bailando, con las miradas, el contoneo, el roce…

La canción comienza con el baile introspectivo de alguien, movimientos en solitario, rígidos y ordenados. Poco a poco, se abre al mundo y, entre las manos, comienzan a circular las obleas sagradas. Esta sí la tomo, esta aún no, esta del pitufo ni de coña, los bailarines seleccionan su colocón, se pasan pastillas de boca en boca. Ya tenemos estribillo y coro. El “chiquitan, chiquititintantan” frente al “Esta sí, esta no”. A mitad de la canción, los efectos del químico aparecen, aunque el sujeto se pregunta si sube o si no, pero claro que sí que sube. Comienza a desbarrar y socializar intensamente, no verbalmente, con los viajeros psicodélicos de su alrededor. Es mi parte favorita. Seguidamente, el “esta sí, esta no” del coro, indica que se ha llegado a la comunión, mezclándose con el estribillo y abocándose a un final en apoteosis republicana general, ya que esta canción tardó poco en ser del pueblo, sonando de año en año, de fiesta en fiesta, de rave en rave, volviendo locos a humanos nacidos más allá del efecto 2000.

Claro que Chimo hizo más cosas, pero nada supera a “Así me gusta a mí”. Ni él ni nadie dio en el clavo de esa manera una vez más. Un hit mundial, testigo protegido de una época en la que todo valía por la diversión, la gente freía sus cerebros, estrellaba sus coches, hacía autostop a tumba abierta, arriesgándose a morir entre naranjos, para llegar a una discoteca más.

Vinieron años malos y la canción podía haber sido el himno de otra generación perdida. Yo he visto antiguos compañeros de clase y de fiesta, atascados en el sueño de una pastilla, paseando como zombis, ausentes, acompañados por voluntarios por los cines del centro comercial.

Pero con el tiempo, resistente y divertida, “Así me gusta a mí” es un temazo de última hora, de último empujón, podría ser el himno popular de la Comunidad Valenciana, corrupta e hipócrita, o un alarido salvaje de la memoria que nos remueve el esqueleto cincuentón, podrían ser los seis minutos antes del final, una canción de cero a noventa y nueve años o simplemente, los seis minutos que dura la juventud.

Pero ésta… Me la como yo.

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